141. LA AMENAZA DE LOS ALFAS REALES
RUFÉN:
Artemia gritó algo, pero ya no entendía las palabras. Solo veía sus ojos, esos malditos ojos dorados que me miraban con una desesperación que me destrozó más que cualquier veneno.
—No es demasiado tarde —murmuré, aunque ya no sabía si eran mis labios o mi mente los que hablaban.
Desperté con un jadeo desgarrador que rasgó la quietud que me envolvía. La luz de la luna me daba directamente en el rostro. Estaba tirado en el mismo bosque, pero algo era diferente. El frío ya no me mordía