Clara sostenía la taza de té entre las manos, como si el calor pudiera sostenerla a ella. Paula y Martina la miraban desde la mesa, en silencio. Había algo en el aire, algo que Clara no podía seguir guardando.
—Me voy a ir —dijo de pronto, y la frase quedó suspendida, como una piedra lanzada al agua.
Martina frunció el ceño.
—¿Cómo que te vas? ¿A dónde?
—A casa. A mi pueblo. Con mis padres.
Paula se incorporó en su silla, con el ceño apretado.
—¿Estás segura de eso? ¿Después de todo lo que pasas