La brisa olía a césped húmedo y humo de ciudad. Clara se sentó en un banco con vista al sendero principal. Llevaba el sobre dentro del bolso, sus manos frías y la garganta reseca. Él llegó unos minutos después, con el rostro demacrado y los ojos hundidos.
—Gracias por venir —dijo ella apenas lo vio.
Él asintió, sin sentarse aún.
—No tengo mucho tiempo.
—¿Tú sabías que me estaban tendiendo una trampa?
El contador bajó la mirada. No respondió enseguida. Luego, asintió lentamente.
—Sabía que estaba