El aire entre ellos era denso. Gonzalo la miraba como si intentara leer lo que no decía.
Clara sentía el corazón martillando, pero no se permitió temblar. Dio un paso atrás.
—Me molesta que creas que tienes derecho a saberlo todo —espetó.
—Soy tu jefe —gruñó él, con los ojos entrecerrados.
—Y yo soy más que una mujer a la que puedes besar y después ignorar.
Silencio.
Entonces, él bajó la voz, como si le costara respirar.
—¿Estás de su lado?
Ella le sostuvo la mirada.
—Estoy del lado de lo que