El local de Paula parecía un campo de batalla: polvo en el aire, botes de pintura apilados y un concierto de martillazos de fondo. Clara estaba sentada en una silla improvisada con una caja, mientras Paula le pasaba un café que sabía más a consuelo emocional que a cafeína real.
—Tienes que dejar de pensar tanto —dijo Paula, dándole un sorbo al suyo—. O te va a salir humo de la cabeza.
Clara iba a responder, pero la puerta se abrió de golpe, dejando ver a Martina con su energía desbordante y una