Ava no se había movido del borde del ataúd desde que llegaron al cementerio. La tierra húmeda bajo sus pies, el viento frío que le agitaba el cabello, nada de eso le importaba. Tenía los ojos clavados en la caja de madera que guardaba a su madre. Sus manos temblaban. Su rostro estaba pálido, sus mejillas marcadas por las lágrimas que no había dejado de derramar desde que el funeral empezó.
La brisa helada acariciaba su piel, pero ella apenas lo notaba. El murmullo de las hojas secas arrastradas