Al entrar a la mansión, Ethan no se detuvo a saludar a nadie. Sus pasos eran firmes, casi furiosos, como si cada pisada golpeara el suelo con el peso de sus pensamientos. No se quitó el abrigo, no dejó el maletín, ni siquiera miró a su alrededor. Fue directo a su oficina, cruzando el pasillo principal como un huracán silencioso, ignorando las voces apagadas de los empleados que lo veían pasar con preocupación.
Al llegar a la oficina, cerró la puerta con un golpe seco. La habitación, decorada co