El cielo estaba nublado. No llovía, pero el aire tenía ese aroma húmedo y agrio que suele preceder a la tormenta. Las nubes grises se agrupaban en lo alto, como si el cielo mismo compartiera el luto que envolvía la ciudad. Era una mañana silenciosa, como si el mundo supiera que algo había terminado para siempre.
Ava se despertó antes de que saliera el sol. La penumbra de la habitación la envolvía, pero sus ojos ya estaban abiertos, fijos en el techo. No era insomnio ni ansiedad. Era la simple n