—¿Quién te hizo llorar, Ava?
La vocecita de Donkan resonó como una campanita quebrada, suave y preocupada, mientras caminaba descalzo por el pasillo en pijama, arrastrando un peluche viejo de dinosaurio por el suelo encerado. Sus ojos, grandes y atentos, observaban a su hermana mayor con temor y ternura que hizo que Ava apretara los labios para contener una nueva lágrima.
Rápidamente se secó la que acababa de caer.
—Nadie, mi amor —respondió, obligándose a sonreír mientras se agachaba para qued