Apenas el auto se detuvo frente a la majestuosa entrada de la mansión, Adrián abrió la puerta sin esperar a que Ethan lo ayudara y salió corriendo con una energía contagiosa. Sus risas rebotaban en las paredes de piedra mientras sus pequeños pies cruzaban el vestíbulo. Donkan, que estaba jugando con bloques en la sala principal, alzó la vista, y al ver a su mejor amigo, soltó un grito de alegría.
—¡Adrián! —exclamó Donkan, dejando caer los bloques de colores que sostenía en sus manos. Corrió ha