El ambiente en la oficina de Ethan siempre era imponente. Silencioso, elegante y frío. Siendo todo lo que él representaba. Adrián, en cambio, parecía no encajar en ese mundo impoluto. Su risa escandalosa y su energía caótica chocaban con la rigidez del lugar. Y en medio de todo eso, Ava, la única capaz de hacer que el niño encontrara un poco de calma, aunque fuera temporal.
—¡Tengo sed! —se quejó Adrián, moviendo los pies impaciente mientras permanecía sentado sobre el enorme escritorio de Etha