Capítoro 65
Llegué a casa con el corazón todavía latiendo rápido, sintiendo un cansancio profundo que no solo venía de mi cuerpo, sino también del miedo y la tensión que había vivido en la oficina. Apenas crucé la puerta, la calidez del hogar me abrazó, y allí estaban ellos: Adrián y su madre, esperándome como siempre, con esa mezcla de calma y cuidado que me hacía sentir protegida de todo el mundo.
Su madre, con esa dulzura maternal que me sorprendía cada vez que la veía, se levantó de inmediato al notar mi expresión agotada. “Liana, ven aquí, hija. Estás pálida, déjame verte.” Su voz era suave, reconfortante, y por un instante olvidé todo lo demás. Adrián también estaba a mi lado, pero había algo diferente en su mirada: una mezcla de preocupación, amor y un fuego que siempre me hacía sentir segura, pero también… deseada.
Me senté en el sofá mientras su madre se acercaba con un vaso de agua y una manta suave. “Tienes que hidratarte, corazón. Hoy fue un día largo, y sé que no fue fáci