Tú puedes con todo.
Emma terminó de beber el tercer vaso de agua que Damián le había puesto en las manos durante la última hora, pero no había servido de nada.
El dolor de cabeza seguía creciendo con una insistencia cruel, como si alguien le estuviera apretando las sienes desde dentro.
Sentía el pulso latiéndole en la frente, pesado, terco, insoportable. Ni siquiera la pastilla que había tomado horas antes, cuando Damián prácticamente la sacó del despacho de pres