Mateo seguía insistiendo con una frustración que ya no cabía en su pecho y, en uno de esos estallidos inevitables del agotamiento, alzó tanto la voz que terminó despertando a Emmanuel.
El niño abrió los ojos sobresaltado en el sofá, todavía aferrado a su Porsche negro de juguete, y parpadeó varias veces, confundido por el ambiente tenso de la oficina.
A Emma se le encogió el alma al verlo así, porque bastante tenía ya el pequeño con sentir q