Qué buen derechazo.
Emma no pensaba perder ni un segundo más con Caleb.
Le regaló una última sonrisa, una de esas sonrisas frías que no nacen de la cortesía sino del desprecio más limpio, y se giró con la intención de cruzar la puerta sin mirar atrás.
Ya había dicho lo que tenía que decir. Ya le había dejado claro que no iba a arrodillarse, no iba a negociar su dignidad y mucho menos iba a venderse por un puñado de acciones que, tarde o temprano, pensaba arrancar