Emma no creía ni una sola palabra de lo que Damián le había dicho la noche anterior.
No después de todo.
No después de verlo pararse frente a Peter, a Mateo, a Dante y a Emmanuel con esa voz cargada de arrepentimiento tardío, como si el peso de sus errores por fin hubiera decidido caerle encima y ella tuviera que conmoverse solo porque, al fin, él había encontrado el valor para decir en voz alta lo que debió defender años atrás.