Cállame.
Apenas Emma se acomodó en el asiento, soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.
Un segundo después, Damián subió a su lado.
El chofer puso el auto en marcha y, durante los primeros minutos, Emma mantuvo la vista fija en la luna polarizada.
París corría al otro lado del cristal como una sucesión de luces elegantes y calles impecables, pero ella apenas la registraba.
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