Juan se sintió avergonzado.
Había asumido que Lorena estaba probando su integridad o que lo consideraba un pervertido, pero era otra cosa.
—Me equivoqué, no me di cuenta de lo bien intencionada que eras —dijo, sintiéndose incómodo por haber juzgado mal.
—Bueno, vamos a comer —dijo Lorena, sintiéndose de buen humor y sin querer seguir burlándose de él.
La comida que Lorena había pedido llegó rápidamente: tripas salteadas, cerebro de cerdo, intestinos de pato… Ella, emocionada, tomó su tenedor y l