Lorena se estremeció incontrolablemente al escuchar el silbido del pánico y el de los disparos justo en sus oídos.
Realmente no podía entender este tipo de vida en las Américas.
Urso la mantenía en sus brazos, sin mostrar siquiera su rostro, y la arrastró con facilidad.
—Sube. —su voz era urgente.
Lorena no dudó, mirando el familiar e inconfundible Lincoln que tenía delante.
Sin inmutarse, subió al coche secamente.
Cuando Urso entró y cerró la puerta, el coche arrancó de inmediato.
Las balas per