Lorena le dirigió una mirada amable y dijo pensativa: —Puedes contestar, yo no haré ruido, por si hay una emergencia...
Mirando a Juan dubitativa, Lorena se levantó: —¿O quieres que me vaya?
«¿Tengo que irme en mi propia casa? ¡Qué hombre maldito! Es él quien debería irse.»
Pero en la superficie seguía siendo considerada y generosa, amable y comprensiva, pero también con un poco de lástima.
Juan miró el corazón no era gusto, no sabía si era molesto o culpable.
Tomó una respiración profunda,