Aquella gala era justo lo que se esperaba que fuera de los Morgan. Opulencia, elegancia, todo perfectamente arreglado para celebrar la ocasión. Se habían repartido folletos con algunas historias sobre los niños a los que buscaban apoyar, se había creado una torre con copas rebosantes de Champagne las cuales se vendían por tantos miles de dólares mostrando una proeza equilibrista del mesero especializado que haría algún malabar para quitar alguna sin tirar la torre abajo. Las personas estaban el