Lorenzo
El viento que sintonizaba desde el Mediterráneo venía espeso, cargado de olor a sal y algas podridas. Me senté en el oxidado pasamanos de hierro del porche de la casa de la playa, con mis botas colgando sobre el vacío, justo donde el acantilado se unía con la arena allá abajo. El sol se estaba ocultando, desangrando un naranja oscuro y sucio sobre el agua, transformando los cristales de las ventanas del impecable refugio de Carlos a mis espaldas en láminas de oro.
Tenía una botella de c