El viento que venía del Mediterráneo estaba cargado con el olor a sal y a algas en descomposición. Estaba sentado sobre la barandilla de hierro oxidado de la terraza de la casa de la playa, con las botas colgando sobre el precipicio donde el acantilado se encontraba con la arena. El sol se estaba ocultando, sangrando un naranja profundo y sucio sobre el agua, convirtiendo los ventanales de cristal del impecable refugio de Carlos detrás de mí en láminas de oro.
Tenía una botella de cerveza local