María
Las luces de la cocina no parpadearon cuando el reloj dio las cinco de la tarde, pero el silencio sí lo hizo.
Max e Isabella se habían marchado hacía una hora, con los rostros rígidos por esa clase de pánico silencioso que hace que la gente lave sus cuchillos tres veces solo para evitar mirar hacia arriba. Solo quedaba Emmy, sentada en la pequeña mesa de preparación de metal con la barbilla apoyada en las manos, mirando la barra de estado digital en la pantalla de su portátil.
El registro