—¿Qué más da? Ni payo ni señorito… ni siquiera un calorro…— replicó con desprecio para luego exhalar un suspiro de resignación—… Un mestizo y nada más… es lo que se gana por ser hijo de una calorra y un payo… ¿Qué más da?
Quizás, sonaba desalentador para quien lo oyera. Pero eso no era nada más que la mera y cruel verdad. Él no era más que un simple mestizo que jamás sería aceptado por completo entre los payos. Ni entre los calorros.
Quizás, algo de su tono de voz o sus palabras le disgusta