Desde que Doña entró en el despacho —con papeles importantes esparcidos y la computadora portátil encendida— Robby no le quitó los ojos de encima. Su esposa había estado sonriendo todo el rato, una sonrisa demasiado dulce para ser normal. Pero la mirada de Doña no se dirigía a él... sino a su teléfono.
Algo iba mal.
Algo que Doña le estaba ocultando.
No se trataba de una reunión social ni de los eventos de la alta sociedad que solían ocupar su tiempo. Robby nunca se había opuesto a eso; conocía