La sonrisa de Valentina no se borraba de su rostro. Ya no era solo una sensación: ahora podía ver con sus propios ojos los colores que tanto había extrañado, los tonos familiares que llenaban su mente de recuerdos. Su corazón latía con una alegría inmensa, casi infantil. Aquella mañana no había habido ningún cambio; solo los mismos destellos de luz sin forma ni sentido. Pero ahora... ahora el mundo comenzaba a teñirse de nuevo.
—¡Hola! —la saludó Elena con entusiasmo. Desde que Peni la llamó ha