La luz de la luna entraba ahora de forma oblicua, dibujando rectángulos de plata sobre las sábanas revueltas. Me encontraba apoyado contra la cabecera de madera de la cama, con el torso desnudo y la respiración finalmente en calma. Aria estaba sentada entre mis piernas, dándome la espalda, pero su cuerpo estaba completamente fundido con el mío.
Sus manos, pequeñas y curiosas, jugaban con las mías. Entrelazaba nuestros dedos, comparando la rudeza de mis palmas con la delicadeza de las suyas. El