(POV kyler)
El aire en la pequeña sacristía privada era denso, caliente y saturado con el aroma del sexo, el sudor y esa vainilla que ahora era mi único credo. El eco de las campanas de la tarde ya se había extinguido, dejando paso solo al sonido rítmico de nuestros cuerpos chocando contra la madera antigua de la mesa. Estábamos en la cuarta ronda, y lejos de agotarse, mi cuerpo parecía alimentarse de cada gemido de Isabella, de cada gota de sudor que resbalaba por su espalda.
La amnesia era ah