124 Todos ceden...
La oscuridad llegó sin aviso.
No fue un sueño.
Fue un recuerdo.
El olor llegó primero: humedad podrida, alcohol barato y ese hedor rancio que se pegaba al fondo de la garganta como una película espesa.
Eli estaba en el suelo.
No como adulto. Como niño.
Las costillas le dolían con cada respiración. El estómago era un hueco profundo que ya no era solo hambre; era una costumbre de años, un vacío que se había convertido en parte de él.
—Levántate, basura.
La voz retumbó en el cuarto pequeño y