Leander llevaba a Elisa del brazo, estaba rabioso, ella podía sentirlo.
Se detuvieron afuera de la mansión González.
—¡Habla! Dime, ¿Qué tienes que ver con ese maldito hombre?
Elisa tragó saliva, mirò sus ojos.
—Él… él fue mi abogado.
—¿Tu abogado? —exclamó Leander incrédulo—. ¿Abogado de qué? ¿Por qué no me dijiste que necesitabas un abogado?
—¡Fue antes de conocerte! —exclamó—. Leander… yo… ¡Estuve presa!
Los ojos de Elisa se volvieron llorosos.
Leander frunció el ceño al escucharla, luego al