Elisa manoteó, lo empujó con rabia.
El hombre sonriò. Aún estrechaba su cintura, de forma en que esa mujer no podía escapar.
El corazón de Leander latía fuerte, había perdido el miedo a sentirlo de esa forma, ya que siempre con ella, y solo con ella, latía sin cesar.
Sonrió.
—Mírame, Elisa.
Ella se negaba, su rostro estaba enrojecido de rabia, luchando por alejarlo de su cuerpo.
—¡He dicho que me mires! ¿De verdad me crees tan tonto para volver con una traidora? —exclamó.
Ella le mirò intrigada.