Nathan y Evelyn fueron a Brooklyn el martes.
No el lunes. El lunes era demasiado pronto todavía. Helena y Henrik llevaban cuatro días en casa, que era el tiempo exacto en que los primeros días de algo nuevo necesitan ser de quienes los viven antes de ser compartidos con quien los mira desde afuera. El martes tenía la temperatura correcta: podía recibirlos sin que su llegada cambiara el ritmo de lo que ya estaba ocurriendo adentro.
Nathan fue a la cocina a las seis y media como siempre. El café.