Sophie llamó un lunes de noviembre.
A las doce del mediodía, desde Madrid, con el tono específico de las llamadas que no cabían en el protocolo habitual porque lo que tenían que decir no era del tipo que podía esperar.
—Nadia dijo que sí —dijo Sophie.
Nathan se quedó quieto con la taza en la mano.
—¿Cuándo? —preguntó.
—El viernes pasado. Amara fue a Túnez el miércoles. Se reunió con Nadia en la tierra. En el campo. No en una oficina, no en un despacho. En el campo donde Nadia lleva quince años