Aterrizaron a las siete de la mañana.
Nathan entró al penthouse con el maletín en una mano y el abrigo en la otra, con ese aspecto específico de los hombres que no han dormido en avión pero tampoco lo admitirían.
Me miró desde la entrada.
Yo estaba en la cocina con el café listo.
No dije nada.
Él tampoco.
Cruzó la sala. Me rodeó con los brazos. Me apretó despacio, con el tipo de abrazo que no busca consuelo sino contacto. La confirmación de que algo sólido sigue en su lugar.
Lo dejé.
Apoyé la c