Leo empezó la escuela de gastronomía un lunes de enero.
No llamó ese día. Nathan lo supo porque a las siete de la mañana llegó una foto al teléfono: el exterior del edificio desde la acera de enfrente, con la luz de invierno todavía baja y la entrada iluminada desde adentro y Leo de espaldas frente a la puerta, con la mochila grande que no era de excursión sino de cocina, con los cuchillos y los delantales y los cuadernos de técnica que había preparado durante dos semanas con la misma metodolog