El café olía a café tostado oscuro y a dinero viejo.
Ese tipo de dinero que no se anuncia. Que se sienta en el tapizado de terciopelo gris y en los floreros con una sola orquídea y en los camareros que no preguntan dos veces.
Llegué diez minutos antes.
Lo había calculado así.
Elegir mi asiento primero. Orientarme. Saber dónde estaban las cámaras.
Harrison me había enviado el plano del local la noche anterior.
Tres cámaras de seguridad. Una sobre la barra, mirando hacia las mesas. Una cerca de l