El correo definitivo llegó el jueves a las diez de la mañana.
No a Nathan directamente. A Harrison, que lo leyó primero con la atención de quien sabe que lo que llega a través de su oficina tiene el peso exacto que el remitente quiso darle.
Lo imprimió.
Fue al penthouse a las once.
—Prefiero que lo leáis en papel —dijo, poniendo las hojas sobre la mesa de la cocina—. Las cosas importantes merecen papel.
Nadie discutió eso.
El correo de Isabella Voss-Castellan tenía seis párrafos.
El prime