Una mañana cualquiera.
El café. Nathan en la cocina a las seis y media con la taza en la mano y el risotto de la tarde ya planificado en la cabeza: el caldo de tuétano que necesitaba empezar a las dos, el arroz arborio que había comprado el martes en la tienda italiana de la calle 75, el parmesano justo y la mantequilla fría al final. El mismo proceso de siempre, ajustado por lo que cada semana le enseñaba lo que la semana anterior había hecho mal o bien.
No era perfecto todavía.
Pero llevaba m