Leo llegó el primer fin de semana de noviembre con la mochila y sin maleta, lo que significaba que era una visita de dos días y que Leo había calculado que dos días era suficiente para lo que quería hacer.
Dejó la mochila en su habitación. Fue a la cocina.
Se quedó de pie frente a los fogones con las manos en los bolsillos y la expresión de quien está inspeccionando un espacio de trabajo sin necesitar que nadie le diga que lo haga.
Nathan estaba en el umbral.
—¿El risotto? —dijo Leo.
—Esta noche