El domingo por la mañana, Olivia dejó tres páginas sobre la mesa del comedor.
No las anunció. No dijo que las había escrito ni que quería que alguien las leyera. Solo las dejó ahí, con el bloc de notas abierto en la primera página y el bolígrafo rojo a un lado, y se fue a la cocina a servirse el café.
Nathan las vio desde el salón.
Las hojas tenían la letra de Olivia: apretada, sin márgenes, con la caligrafía de alguien que escribe más rápido de lo que el papel permite y que no va a ralentizars