Cierro la puerta detrás de mi espalda cansado y abatido, pero voy con arlo
—ah, ya despertaste— lo miro de mala gana
—ni siquiera he dormido ¿de que estás hablando?— él niega
—¿ya tienes un diagnóstico?— le pregunto, mientras froto uno de mis ojos
—quiero que vayamos al lugar donde vertimos la sangre de aurora—
—arlo, ¿que quieres conseguir con esto?—
—ya verás—ambos salimos y puedo ver cómo ha crecido la hierba
—¿ves que interesante? Hierba en luna blanca— me da un poco de tranqui