El aire olía a tierra mojada y a peligro inminente. Sobre la grava, las linternas de piedra ardían con un resplandor tenue, ovalado, que temblaba con cada ráfaga como si también temieran. El estanque, negro y quieto, reflejaba la sombra de los arces como cuchillos inmóviles.
Entonces, el mundo respiró distinto.
Un clic seco. Otro. Después, el chisporroteo breve de los sensores del perímetro apagándose uno tras otro, como si una mano invisible los fuera arrancando del aire. La electricidad murió