La noche transcurría tranquila, con ese silencio pesado que cae en las casas grandes cuando todo por fin se apaga. No había voces ni pasos; solo el zumbido del aire y la respiración pausada de quienes ya dormían.
Erika no sabía la hora y no le importaba. Había cerrado los ojos sin dormirse, cuerpo cansado, mente alerta. A su lado, Takeshi respiraba hondo, al fin rendido. Lo miró de reojo una vez: el pecho subía y bajaba parejo, la frente sin su ceño de hierro. Lo sintió vulnerable. Por primera