La noche se había instalado sobre la mansión con un manto de silencio inquietante, interrumpido solo por el ocasional crujido de la madera y el murmullo lejano de los guardias apostados en las entradas. Svetlana se encontraba en su habitación, con la espalda apoyada contra la puerta, tenía la respiración aún alterada y su corazón latía con una furia sorda.
Dante Bellandi la había exasperado.
No solo con sus palabras, sino con su actitud, con la forma en que había convertido la cena en un campo