Los pasos de Alexei resonaban en los pasillos de mármol de la mansión, acompasados por los de Dante y Fabio, quienes lo escoltaban en silencio. Cada metro que avanzaban lo sentía como un martillazo en el pecho.
El aire olía a madera pulida y a un leve rastro de tabaco, una fragancia masculina y densa que parecía filtrarse en cada rincón del lugar. Las paredes eran imponentes, decoradas con molduras clásicas, y las lámparas de cristal proyectaban una luz tenue que hacía que todo se sintiera más