El caos era absoluto. Gritos, pasos apresurados, órdenes gritadas al aire sin que nadie supiera bien a quién iban dirigidas. Hombres forcejeaban entre sí, algunos sujetaban a otros, intentando contener la tensión que amenazaba con salirse de control. Pero Dante no veía nada de eso. No escuchaba más que un zumbido ensordecedor en sus oídos, un sonido agudo y persistente que le perforaba el cerebro mientras presionaba con ambas manos el abdomen de Svetlana.
—No te atrevas… No te atrevas a irte —su