La noche envolvía la propiedad de los Bellandi en un silencio engañoso, interrumpido solo por el crujido ocasional de la madera y el murmullo lejano del viento filtrándose entre los árboles. La vieja bodega, oculta tras una hilera de cipreses, era el refugio perfecto para aquellos que querían hablar sin ser escuchados. El aire dentro estaba cargado de humo y desconfianza, espesando el ambiente como una tormenta a punto de estallar.
Mientras Dante aún luchaba por recuperar la cordura, por dejar