La noche había caído con una suavidad inusual, como si incluso la oscuridad supiera que debía quedarse quieta. Las luces del pasillo estaban apagadas, y el silencio reinaba con una calma que hacía que el crujido más leve de la madera bajo los pasos pareciera un secreto.
Svetlana estaba sentada al borde de la cama, descalza, con el cabello suelto cayendo como una cascada de oro liquido sobre su espalda. Vestía una bata ligera de seda negra.
Lo miró. A su hombre. Al único capaz de hacerla arder y