El primer impacto fue visual. El segundo, emocional. La entrada de la casa, antes pulcra y cálida, parecía un santuario profanado. Muebles volcados. Cuadros rotos. Cristales por el suelo. Las paredes manchadas con huellas negras, como de humo. Más adelante... cuerpos. Dos. Tres. Cuatro.
—Dios... —susurró Svetlana, retrocediendo un paso, una mano cubriéndole la boca.
—No puede ser —murmuró Dante, con el alma agarrotada.
Hombres del clan Bellandi. Algunos de Asgeir. Reconocibles por sus insignias