La camioneta se detuvo bajo el toldo del acceso de servicio, justo al lado del estacionamiento subterráneo. Erik bajó primero, revisando el perímetro. Luego asintió hacia Ásgeir, que abrió la puerta del copiloto.
—Es ahora, Bellandi. La tienes esperando.
Dante descendió con cuidado, los músculos tensos, el vendaje apretado bajo la camiseta oscura. Cada paso le arrancaba una punzada desde el costado. Pero sus ojos, esos ojos que habían visto demasiado, estaban fijos en ella.
En Svetlana.
Ella es